jueves, 8 de diciembre de 2011

SLOVO. Revista de Literatura, Arte y Ensayo

Directora: ÍVANA SPASOJEVIC
Jefe de Redacción:
FRANCISCO JOSÉ MEDINA
Redactora: NURIA FERNÁNDEZ
Editor: ANTONIO BARNÉS
Envío de colaboraciones a: revistaslovo@gmail.com

SLOVO es una revista de artes y letras. Cabe la literatura práctica y teórica, la poesía, el relato corto, el microrelato, el ensayo, el arte, la fotografía, el cine, el teatro y la danza.
Los artículos pueden escribirse en cualquier idioma.

sábado, 21 de mayo de 2011

El ciclista y otros poemas

El ciclista
Equilibrista sobre dos ruedas,
avanzas veloz sobre el asfalto
en busca de hermosos paisajes.
El aire te refresca la cara,
giras, aceleras, frenas.
No temes estrellarte
porque confías en ti mismo y en tu maquina  de dar pedales.

Emociona sentir
que te sostienes sobre dos ruedas
sin otro apoyo sobre la tierra,
y que la gente diga lo que quiera,
que tu puedes solo, aunque la compañía de los otros
 te ayude a alcanzar mejores metas.

Casa de Campo
Los rayos del Sol invaden la atmósfera,
las florecillas silvestres
nos anuncian el despertar de la vida
ante nuestros atónitos ojos
descubriendo la belleza paso a paso.
Orgullosos colores nos hablan sin descanso,
nos definen el paisaje
con expresión precisa y preciosa,
permitiéndonos disfrutar
de la expansión del alma a través del campo.
Equilibrio y armonía,
humildad y sencillez,
dándonos gratis alegrías
de luz y color hasta saciarnos.

Semejantes y diferentes
Contrastas la distinción con lo común,
y valoras  ambas por igual,
pues no pueden existir una sin lo otro,
 no pueden gozar los comunes
sin elegir entre los distintos.
Lo general prima sobre lo particular
pero debe poder encontrar cada uno
su propiedad para solazarse ante  la adversidad.

El signo de nuestra elección
Es fácil hablar del Sol y de las estrellas,
aunque deja poco poso en uno,
cuando profundizas con alguien
valoras mas su persona y como suena,
Las ovejas balan, los perros ladran, los gatos maúllan,
Los hombres, piensan, ríen y hablan.
Somos humanos
Aunque a veces no parezcamos hermanos,
Y seamos como ovejas sin pastor si no hablamos,
Como perros si rabiamos,
Como gatos si permanecemos encerrados.

Ángel-Lesmes

sábado, 20 de noviembre de 2010


El ayer se convirtió en hoy en forma de lágrimas.

Vinieron a recordarnos lo que pudo ser y no fue, lo que pudo pasar y no pasó, lo que se pudo decir y no se dijo para condenar a las almas libres.

Todo aquello que vivimos se quedó como las gotas de lluvia que caen sobre un paraguas, incierto, infinito, insignificante.

Vinieron a decirnos que la ilusión del espejo y las ganas de besar se fueron con un desengaño en plena noche, cuando todo el mundo estaba distraído, cuando las farolas escondían nuestros actos.

Vinieron a decirnos que aquella vez que hicimos daño adrede nos comportamos mal y nos condenamos al arrepentimiento.

Vinieron a decirnos que aquella vez que besamos sin sentir, que miramos sin observar, que oímos sin escuchar serán momentos que jamás volverán porque ya son propiedad del pasado.

No se irán sin recordarnos que una vez en nuestra vida fuimos dueños de nosotros mismos, que hace mucho tiempo las personas escuchaban el latido ajeno y oían el lamento del otro en medio de una muchedumbre.

Que una vez fuimos como el viento…

Que una vez, hace mucho tiempo, estábamos hechos de nostalgia…

Que una vez gritamos en un desierto y alguien nos escuchó

Que una vez nos reímos hasta llorar…

Pero no se irán sin recordarnos que dentro de no mucho tiempo seremos una ausencia, seremos como los propios recuerdos: la más vulgar propiedad del pasado.


Nadia

lunes, 8 de noviembre de 2010

Un día diferente


Se sentía alto. Se sentía fuerte. En cierta manera, también se sentía contento. Sentía cómo se alejaba de todo ese papeleo que inundaba su estudio y se esparcía silenciosamente por las mesas de dibujo. Sentía cómo se quedaban atrás todas esas preocupaciones, todos esos folios aún por firmar, todos los proyectos que aún estaban por cerrar.

Había estado diferente en casa. Él lo sabía; y si no se hubiese dado cuenta, ella se habría encargado de recordárselo. Sí, estaba distante. Hacía tiempo que no sacaba a pasear al perro, que no daba la comida a las tortugas. También hacía bastante que no jugaba un rato con los niños en el jardín.

No era capaz de explicarse la sensación de alegría que lo embargaba esa mañana. ¿Hacía un día buenísimo? ¿había mejorado el tiempo? No, probablemente sólo fuese cosa suya. Llevaban semanas sin ver el sol en la ciudad.

La Ciudad, esa cosa tan pequeñita. Eso tan inofensivo que parece que hoy no va a afectarle. No le molestan sus ruidos, su ajetreo. No le molesta la gente que va corriendo con prisa por las calles, y tampoco esos impacientes que no dejan de tocar la bocina. No sabe por qué, pero esa ciudad hoy no le agobia. No tiene la sensación de que no pasa el tiempo en los semáforos. No se enfada con esas baldosas que día tras día intentan mojarle el traje. Y lo que es mejor, no va corriendo. No llega tarde a ese lugar cerrado y con olor a tabaco que las últimas noches no le ha dejado dormir. Nadie le espera.

Todas esas sensaciones se vinieron abajo cuando recordó que iba montado en un globo de gas. Tal vez seguía siendo el mismo.

Laura Saez Diez

domingo, 8 de noviembre de 2009

martes, 27 de octubre de 2009

Tarde


(A Ricardo, por lo que quedó)

Mirando las sierras
asoma la luna de mayo.
Ya no quiero esto,
pensé una noche enojada.
Aún podía verte
en medio de la oscuridad
tu paso decidido se va, se va...
no vuelve más.
Preguntas qué queda?
No sé... el recuerdo tal vez
de un amor hecho sin tiempo
de largas y vanas esperas
de manos vacías y olvidos
una promesa incumplida
de caricias al amanecer
buscando sus rasgos
en otra cara y otro cuerpo.
Cómo decir sin mirarte
que sé que me has querido?
Fue un anhelo infinito
de noches sin sueños
y de regalo dos libros,
unos versos, una rosa.
Me queda la risa, la ternura
la luna de mayo...
Te dejo mirando las sierras,
soñando alcanzar un sueño
y encontrar al fin del día
el silencio, el alma vacía
la nada, el llanto en la mirada.
No sabría decirlo de otra manera:
Nos desunió un enero en el mar
una noche sin voz y sin luna
cuando yo te vi pasar
brisa de verano, arena mojada
yo te vi pasar...
Volví sola y llorando.
Es el final? dijiste.No lo sé,
pero lo miro y te le pareces
Qué importa el después
si es noche y tiene tus rasgos
si de nuevo estoy sola
aunque estés a mi lado
y hay una voz que canta
y no, no es la mía.
¿Es tarde? pregunto confundida
No, no es tarde, has respondido.
Los dos sabemos con certeza
que piadosamente, has mentido.


Miriam P. Molina (Azul, Argentina)

lunes, 20 de julio de 2009

Noviembre


(Ya lo sé. No será tan fácil ahora ir tras la huella de tus pasos, como antes. Ahora que estás advertido)

Algo me dice que te he perdido.
Todavía no lo sé pero es un silencio a gritos en el mar negro de tus ojos, en la dulzura de la despedida. En la ternura de tus labios sobre mi frente.
Me niego con todas mis fuerzas a pensarlo, es cierto. Tan atrozmente cierto como que lo nuestro no tiene futuro y que nunca he dejado de quererte.
Me miras y me besas abrazándome. Tus ojos son esa última carta de amor... y el beso, un temido adiós.
Yo sé que me has querido como no quisiste a nadie. Yo también te quiero. Cómo no amarte?
Siento tu pecho agitado en la despedida y estoy temblando en tus brazos. No puedo respirar, tengo la boca reseca y sé que voy al dolor de tu partida. Daría lo que no tengo porque te quedaras conmigo y me amaras. Por un instante de caricias que no aprendiste a mi lado. Te doy el mundo a cambio de quedarte.
Fue tan breve el amor... Y ni siquiera sé cómo fue, ni en qué sutil y fugaz momento que me halló desprevenida, te arrancaron de mí.
Tarde de Noviembre.
Te miro y te abrazo por última vez aunque todavía no lo sé. De saberlo me quedaría aferrada a tu cuerpo para siempre y no te morirías sin volver a besarme.
Cae la tarde y de a poco comprendo que no estarás bajo la lluvia esperándome, con el hogar encendido y oliendo a café. También sé que es inútil tratar de retenerte... Mi amor volverá a ser ese mendigo que siguió tus pasos desde lejos y sin que lo notaras. Sin pedir nada.
Supe que te amaba desde aquél momento en que te vi y procuré ignorarte en otros brazos y otra cama. Ya sabes lo que ha pasado en esos momentos miserables... Hasta ese día en que nuestros caminos se cruzaron y fuimos una sola huella en el mismo sentido.
Sé que es inútil luchar y tratar de deshacer el amor. Como sé que al irte te llevarás mi beso y mi vida en la palma de tu mano. No habrá otro amor ni susurros descuidados esparcidos en la noche. Ni tampoco es posible el olvido.
Pena de naranjo en flor, llorando sur con alma de bandoneón, acordes de un mañana que nunca llega. Y el encanto de tu voz en la noche...y la luna en tu ventana.
Cierro los ojos para verte... y tienes el mismo encanto de la tarde al caer el sol. Quisiera estar así de serena en el ocaso de este amor.
Hoy sé que te he perdido, como sé con absoluta certeza que no has de volver y que ésta, fue la última vez.
La última vez que brillaste para mí, que desabrochaste mi blusa y vi tu sombra recortada en la penumbra. La última vez que mis labios te acariciaron creyendo que habría otra vez.
Sonrío con la misma ternura con que invades mi mente en mil imágenes distintas .
Mi corazón desesperado va llorando y te veo a través de los años: tu mirada inquisidora aquella tarde de noviembre, tu abrazo, la ternura de tus ojos negros. La noche, la casa de la playa y la rompiente que besa mansa la arena, barbada de espuma tu cara... no hubo más amor en mi vida.
Y ya no trato de olvidarte...
Cómo no amarte con locura? Si te he soñado toda una vida y me has dado tanto, tanto amor ... y hoy al despertar de mi sueño no te encontré.
Ahora sé que no encenderás las noches de julio, ni brindaremos por los dos mientras suenan los acordes de una guitara o un bandoneón. Se habrán perdido en nuestros cuerpos irremediablemente muertas de ganas, las caricias mitad suaves, mitad frenéticas... Y te irás sin sonreir al caer la noche.
Nos quedaremos sin besos desesperados las tardes de noviembre con el sol en la ventana, durmiendo sobre almohadas diferentes.
Mi corazón no se resigna a perderte y vuelve a traerte desde el ayer... y de nuevo, te dejas querer.
Las lágrimas no cesan de rodar por mis mejillas, resplandor de amor que el tiempo no apagó. Sabrás que nunca, nunca he dejado de amarte, tanto como yo sé que hoy te he perdido.
Puedo presentir en tu silencio las palabras que no dirás en el teléfono y con las que me nombrabas. Y el embrujo de tu sonrisa desdibujada en el adiós, nublando la razón.
Era noviembre cuando todavía volaba con las alas de mis sueños y sonreía feliz, confiada, porque me habitabas en ellos. Entonces el mundo era mágico, porque estabas a mi lado. Porque todavía no me habías dejado y me cegaba el amor.
Yo no sabía aún de ese encuentro sombrío que habría de dejarme el alma desnuda y las alas rotas. Sin amor y sin olvido.
Sé que te irás sin sonrerir mientras murmuro descreída, que te he perdido.
No quiero que te vayas. No sabría dónde buscarte y menos aún, donde encontrarte para amarte en silencio, sólo con el pensamiento y la mirada. Ni dónde seguir la huella de tus pasos, para que no te mueras lejos de mí y sin volver a besarme.
Yo no sabía amor, no sabía que habrías de surcar otros cielos tan lejos . Ahora te veo con los ojos del alma y tienes el mismo encanto y la infinita ternura de veinte años de amor.
Presiento que al irte nos quedaremos con esta historia de amor inconclusa, apresurando el adios. Sé que nunca has querido volver....
Noviembre por la tarde.Te pido un último abrazo.
No quiero que te vayas pero no diré nada. No habrá palabras, sólo el gesto y la mirada. Hemos aprendido juntos a no bastardear los sentimientos, a no mendigar por amor y a respetarnos. Sé que no te mereces un mal pago.
Sé que me has amado más allá de cualquier circunstancia. Sabes que te amo demasiado como para no desear tu felicidad y yo misma seré quien abra tus alas para ayudarte a volar... aunque no habrás de seguir mi vuelo.
Recuerdo la noche que me lo dijiste junto a la cama: todavía mis sueños no estaban rotos y mi ilusión brillaba intacta. Era feliz con sólo mirarte. Todavía el mundo era mágico, porque aún no me habías dejado y no estabas dispuesto a darme sólo migajas.
Hoy te he perdido y es para siempre aunque todavía no lo sé.
Casi puedo imaginar tu gesto dormido.
Al caer la tarde, no me buscarás entre las fantasmales sombras de calles que emboscan como diagonales , ni oiré el eco de tus pasos al dar vuelta la esquina.
Y ahora que pareces dormido, no sé cómo seguir. Yo, que quería morir a tu lado, abrazada a tu cuerpo para no dejarte tan solo y tan oscuro en ese lugar.
Ya lo sé...
No habrá sur, ni luna, ni después... Ya no buscaremos juntos esas llaves que siempre perdías. No habrá flores ni champagne sobre la mesa, ni hablaremos de aquella muchacha que te amó y se fue, pero nunca te dejó.
Tal vez sabrás mañana al despertar mi tristeza de esta noche al imaginarte, ahora...
Ahora que me has enseñado y yo he aprendido, que el tuyo era un amor más tranquilo, y el mío, apasionado. Que tras la profunda oscuridad de la noche nace la luz del día, con más fuerza y que aún es posible morir de amor.

Y que ahora que no estás el cielo es apenas un puñado de estrellas donde evocar nuestra historia de amor al caer la noche. Allí, donde duermen los ángeles. Y pareces dormido.
Te extraño tanto, tanto amor...

Miriam Patricia Molina (Azul, Argentina)

jueves, 2 de julio de 2009

Strappo


Quando chiuderò la porta,

finirà una vita.

Un intero ciclo cosmico

viaggerà nella mia valigia.

Non apparterrà mai a nessun altro

questa casa.

Rimarrà per sempre mia.

Coloro che l’abiteranno in futuro

troveranno

scampoli della mia vita

sparpagliati ovunque:

il mio odore in bagno,

uno sguardo imprigionato dentro il forno,

la mia voce nascosta in un cassetto,

un bacio caduto sulla poltrona,

una carezza dimenticata all’ingresso…

Lascio tanto di me

che sarà più leggero

il bagaglio di ritorno.

Non perdo niente, lo so.

Lo do soltando in pegno.

Tornerò inaspettatamente

qualche giorno

per rivendicarlo.

Non perdo niente, lo so.

Mi porto via tante cose

che non avevo al mio arrivo.

Cose di quelle che non appesantiscono,

che non ostacolano il viaggio,

che lasciano libere le ali

ed spingono a volare.

Arriverà il giorno

in cui dovrò chiudere la porta, sì.

Sento che si avvicina.

Ma nessuna chiave potrà sbarrare mai

l’orizzonte aperto.

Non apparterrà mai a nessun altro

questa casa.

Sa troppo di noi.

Sa troppo di me.

Rimarrò per sempre sua.

(Pisa, 18 giugno 1996)

Salomé Guadalupe Ingelmo

jueves, 4 de junio de 2009

Al caer la noche


Porque la noche cae maldita, poblada de recuerdos y fantasmales sombras... y se agiganta la impiedad de su negrura con la tormenta. Viento que castiga las ventanas y golpea mi soledad que no es nueva... compañera de la vida y de las noches.
Es viernes y llueve otra vez sobre mi calle, mi casa y mi alma. Podría agregar que estoy sola y que nadie te reemplaza, y que mi llanto besa incansable tu recuerdo, y te veo ... te veo a través de los años, sentado, micrófono en mano, siempre cantando y te acaricio en esa última noche de tango y amor, o amor de tango en Buenos Aires.
Yo te amé en silencio (veinte años de amor te he dado) y ahora ese silencio grita que no estás, que no estás y que no has de volver. Yo te amé. ¿Después? todo fue el ayer. Y yo no lo supe ver: no aprendí a ser feliz con lo poquito que simplemente me dabas.
Al caer la noche mis ojos apenas pueden adivinarte tras el manto de lágrimas que brotan en cascada... siempre dueles amor de lejos.
Abro el correo: otro día sin cartas tuyas. Otro día sin noticias tuyas. Yo tampoco te escribo, aunque por distintas razones. Simplemente me he alejado para llorar el ocaso de este amor (mi pena) lejos de tu mirada. Acaso ahora, tu espíritu aventurero y romántico, se sienta más tranquilo y más libre... y tu voz, tu voz ronca de tango y alcohol, tu voz que adoro pueda cantarle los mismos versos a otro amor, que sé bien no te ha de mirar como yo...
Por si acaso algún día de éstos algo en tu vida y en tu sangre te lleve a recordarme, al despertar en este diario transitar hacia la muerte, por si acado dejo mi puerta abierta y una luz encendida, para que encuentres la casa en la oscuridad. Por si en algún momento de alguna noche de algún día, vuelvas a buscarme viejo amor y brindemos por los dos.
Es cierto, lo dijiste...sería una espera incierta, cargada de ilusiones, de excusas y hasta de mentiras.
Ahora cae la noche y no te tengo (antes tampoco) pero de algún modo todo es más claro... nadie te reemplaza, aunque los años pasan y la piel se arruga. No es tiempo del remanso aún, y tampoco me has enseñado a volar ...
Llega carta de Neuquén: gente del partido del gobernador que conocí en esos viajes de entonces... y también de Marisa y Carlos, pero no hay noticias tuyas.
A Carlos le gusta la montaña... habla con esntuasiasmo de Uspallata, Potrerillos y ha escalado y acampado en las laderas del Aconcagua, llevando contingentes de estudiantes, en la época en que era cura.
Cuenta que los lugares más bonitos están custodiados por serpientes y de las piedras movedizas cerca de Puente del Inca y del chico que supo rescatar doscientos metros ladera abajo y al borde de un precipicio.
Yo estuve ahí, en la base del cerro, donde se alistan para el ascenso los cargamentos de mulas y donde comienzas a sentir las dificultades para respirar.
A pocos kilómetros hay una enorme playa de estacionamiento: allí, en Las Cuevas, esperan miles de camiones que abran el paso hacia Chile cuando la nieve cubre todo y el túnel se cierra.
Hay un pequeño cementerio de andinistas en medio de la nada, donde los que alli descansan viniendo de todas partes del mundo, han dejado sus botas, sus credos y alguna que otra carta de un ser amado en la otra orilla y un puñado de sueños sin alcanzar. Da tristeza verlo...
Llegando a Uspallatta, en una curva del camino la montaña aparece imponente y de golpe ante los ojos, parece cerrarte el paso, y lo domina todo. Conozco el lugar. También me habla del destierro que sufrió cuando su familia que lo veía como un dios, se resignaba a verlo como hombre cuando dejó los hábitos... y sin embargo, siempre fue el mismo. Semejante a vos, que eras mi dios y ahora eres mi amor perdido... y la tristeza de mis ojos. No supe ver...
Y es siempre la noche, la noche que cae trayendo tu recuerdo y no te he olvido, tampoco pude reemplazarte: aquélla mujer que fui y besaste se quedó para siempre en tus brazos. ... ¿yo? Yo soy apenas un corazón que escribe, siempre para vos. No hubo otro amor en mi vida.
Supe desde siempre que no te tendría... alguien quiso separarnos y no luchamos. No te culpo: hacé lo que debas, dije, que yo por quererte tanto sabré entender... y te alejaste, sabiendo algo que yo aún ignoro. Y nos quedamos sin verso y sin olvido.
Ya no caminaremos de la mano por ese parque al que iba tan sólo para contemplarte, ni te alcanzaré una taza de té, ni secaré el sudor de tu fiebre en las noches.
Sentado en el umbral, tu voz ronca de tango y alcohol, no cantará para mí la historia de Jacinto, ni el secreto que esconden los versos de "Sur" ni aquél amor perdido llorado en la letra de una canción, y es nuestra historia la que canta tu voz de tango y no te escucho en esta tarde gris y con ganas de llorar.
Ya lo sé... nada te traerá hasta mí, ni la noche de Julio, ni el recuerdo de mi amor sentido. Estás lejos amor, lejos. Y sin embargo te espero, entre tardes que otoñan mi vida y noches de recuerdos donde te acuestas a mi lado y me abrazas con ternura... y cantas, siempre cantas para mí.
Y al caer la noche, mi voz envejecida de espera y ausencia murmurará descreída un último ruego:

Noche, tráemelo... tráelo, pero date prisa: estoy envejeciendo. Y la noche salió a buscarlo.

Miriam Patricia Molina

lunes, 15 de diciembre de 2008

80 años de Audrey

El 4 de mayo de 1929 nacieron grandes mujeres. Una de ellas, Audrey Hepburn. El 2009 será pues, el año de su 80 aniversario. La hija del chofer que encandila a los señoritos (Sabrina); la floristera que logra convertirse en un icono de elegancia (My fair lady); la modesta empleada de una librería, después modelo en París (Funny face), empezó siendo una princesa con ganas de diversión (Roman Holiday). Parece que Audrey no podía mantener su status social de principio a fin en una misma película. Y sin embargo, pocas actrices han actuado con más naturalidad que ella.- Marcos del Águila.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Ivana viendo llover


Cayeron las primeras gotas de lluvia

un día de domingo

y tú despertaste al mundo,

pero el mundo estaba en otro sitio.

Hacía calor, y alguien,

si no recuerdas mal,

gritó tu nombre,

pero el mundo estaba en otro sitio.

La vida, sonreíste, nos espera

siempre en otros dedos,

nos espera en otra luz.

Era un día de verano

y regalaste una sonrisa

a las gotas de lluvia

que acariciaban tu rostro.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Vuestra bondadosa visión banal


I

Vuestra bondadosa visión banal,

savia de billones de personas vacuas;

buenos visionarios, cáliz incognoscible

para los sátiros y protervos.

Benévola, valiente, visceral Pangea de pasiones.

Sinónimo de belleza astral.

Eres símbolo de inocencia y lúgubre en tu forma.

Línea entre lo inusitado y lo quimérico.

Sensatez de lo ignoto y necedad de lo acreditado.

Noche de mi credo y luz de mi armonía

¿Así eres tú, vida mía?

Paco Medina

viernes, 7 de noviembre de 2008

Digestión


Una vez más, me han apresado. Siempre tienen la manía de asirme, de forzarme, de encorsetarme, de obligarme a plasmarme en palabras que no he pronunciado. Me paseo, sobre todo, por lugares solitarios. Como está tarde, que he estado volando por un edificio neorrománico. Me gustan las azoteas, desde donde observar el gran teatro del mundo. He paseado por pasillos vacíos, interminables, que volvían siempre al mismo sitio, o a otro. Puertas cerradas. Taquillas de las que bien podrían salir cadáveres amojamados. Libros polvorientos. Pasillos brillantes como de hospital. Faltaban las enfermeras y las camas con suero con goteo. Suero que caía lentamente inoculando fantasmas.

También me gustan las calles en el crepúsculo, llenas de gente que no me ven, y si me ven, no me conocen, y si me conocen sólo es para no chocarse. Gentes de todas las etnias y culturas. Turistas con síndrome de Stendhal. Cantautores sordos. Estatuas de sal.

A veces sobrevuelo prados verdes, sólo interrumpidos por tranquilos rumiantes. Vacas sin pastor, ni falta que les hace. Porque la hierba es eterna e interminable.

Claustros avejentados. Plazas sobre antiguos circos. Anfiteatros.

El silencio de la noche.

Pero siempre hay alguien que, falto de imaginación, me ase y me aprisiona sobre el papel. Si todavía fuera un manco cansado, o un desterrado enamorado, u otro desterrado desesperado, o un trashumante de Castilla, o un comediante muerto de hambre.

Pero no. Es un pragmático que emborrona papel sin mancharse. Si todavía usara pluma, podría necesitar lavar sus manos. O interrumpirme, por falta de tinta.

Ahora mi prisión es doble, pues es virtual. Nada se mancha: sólo un remedo de papel tras un falso cristal. Un espejo plano –no es convexo, ni del Callejón del Gato.

¿Cómo lograr escapar de esta Babel ininteligible? Llevo siglos sobrevolando las conciencias. Pero qué se le va a hacer.

Al menos puedo vengarme y no destapar el fragor de mis esencias. Sólo me descubro ante quien convive conmigo. Con quien sabe ganar mi amistad. Con quien está a las duras y a las maduras, con quien no me aparca, con quien no me violenta en su móvil o su portátil.

Puedo vengarme desapareciendo de los escaparates, de los quioscos, de las ondas radiofónicas y televisivas, de la red de redes.

Allí no me encontrarán. Allí no descubrirán mi alma. A la minoría siempre. Sí me entenderán, pero no me comprenderán. No podrán asirme. Hace falta mucho trato, mucha delicadeza para poder atisbar el poder que detento.

He puesto y quitado reyes. He hecho bailar a mi son. He hecho reir y llorar. Con demasiada frecuencia me han enlatado y me han utilizado como chivo expiatorio. Después todos se vuelven contra mí a pesar de que nada hice libremente.

Que me dejen en paz, es lo que quiero. Que me dejen en silencio. Que pueda decir una e infinitas palabras y ninguna. Pocos son los textos en los que me reconozco. En ellos la lengua ha fluido sin barreras, sin politicastros de medio pelo que abrevan en mis fuentes. La fuente que hago manar es eterna y no admite lagos artificiales –y mucho menos piscinas prefrabricadas.

Lo peor es cuando me lee en voz alta un perfecto desconocido a quien no he sido presentado, que no respeta ni las pausas.

Pero en fin, basta ya de quejarme…

La paciente bibliotecaria seguía con diligencia su labor cotidiana. Bien podría ser una charcutera pueblerina, pero las chuletas que manejaba eran libros. Al fin y al cabo, unos y otros, retazos de carne. La jefa, una menudilla Rottermeyer, le había llamado a su despacho. -Juana, el último informe habla de treinta libros extraviados. ¿Sabes lo que es eso? –Lo sé, yo misma lo he escrito. -¿Es que os dormís? –Pilar, como no se escapen por las ventanas… El detector funciona bien. –Pues eso. Os quiero en las ventanas.

Juana volvía a transportar su carrito, a abrir el depósito, a descorrer con la manivela los armarios móviles. Intentó estrujarse la mente. ¿Qué había pasado? El mismo grupo de alumnos ante las fotocopiadoras carpetovetónicas. Los mismos estudiantes pidiendo los libros de siempre. Los mismos profesores –pocos- que tenían la extraña costumbre de investigar.

Sólo había un elemento nuevo, recordaba. Sí. Aquel antiguo alumno un tanto gordo, que a veces tenía barba y a veces no. Es verdad. Hacía muchos años que no lo había visto y desde hace un mes -¿o mes y medio?- había vuelto a aparecer. No se llevaba libros. Quizás no tuviera carnet. Pero sí pedía. Lo sabía porque reclamaba libros del depósito. –Muchas gracias, muchas gracias. Siempre repetía, con timidez. Se amurallaba en la última zona de la biblioteca. Y pasaba mañanas y tardes enfrascado.

Juana decidió apuntar los libros que le daba. Y observar, pasados unos días, si volvían al redil. No era tarea fácil, pues los libros se amontonaban para recolocarse. Sí. Hoy también ha venido. Y me pide un libro de Boecio (¿o Beocio?). Bueno, un libro raro. Sí. Veremos qué pasa.

A las dos semanas pudo comprobar que Boecio …¡no estaba! Y tampoco en préstamo! Decidió intervenir. –Perdone… Susurró en voz baja.

-¿Qué pasa?, respingó el ya no tan muchacho. –Verá. Hace unas semanas me pidió un libro de Boecio. -¿Beocio? –No, Boecio. –No… no… no lo recuerdo. Son tantos lo que leo… -Pues yo sí… ¿No lo tendrá en su casa? –Es que… no tengo carnet. –Ya, pero, ¿no lo tiene? –Dejo los libros en el carrito. –Bueno, en fin, pues perdone. –Nada, nada.

Tras Boecio, desapareció un manual de arte neoclásico, un libro de Panofsky, otro de Gombrich, poesías de Aleixandre, una novela de Musil, ensayos de Canetti…

Juana decidió observar. El chico mostraba cada vez un aspecto más descuidado. La camisa por fuera, bambas achancletadas, las patillas crecidas, el pelo embarrullado. Andaba como tambaleándose, y la tripa se contoneaba como si fuera un sátiro. Además, últimamente entraba y salía con más frecuencia. ¿A dónde iría? Algunas veces lo siguió, disimulando con el carrito. Iba al cuarto de baño.

¡Amigo mío! No, no era tan fácil la solución. El baño carecía de ventanas. ¿Y si deja los libros en la cisterna? Aquel día Juana esperaba con ansiedad las ocho de la tarde. Y no era precisamente para marcharse rauda a casa, sino para rastrear el baño. Las puertas cerradas, entró en el baño con aire triunfal. Se encaramó a los retretes y, ¡oh decepción!, las cisternas estaban vacías, es decir, llenas de agua, y sólo agua.

Los días siguientes intensificó su espionaje. Tanto, que a veces se tropezó con el sospechoso. Oía tirar de la cisterna repetidas veces.

Seguía su investigación. Hasta que un día… Sí. Ese día se arrepintió de haber ido demasiado lejos. Incluso de llevar treinta años en la biblioteca. Ese día se le heló el aliento, y se le encanecieron los cabellos. Un sudor frío recorrió todo su cuerpo. Y el corazón alternó frecuentísimos latidos con pausas que le ahogaban. Se apoyó en los azulejos, que dejaron escurrir sus ajadas manos. Intentó asirse a las minúsculas hendiduras de la pared, pero sólo consiguió hacer sangrar las yemas de los dedos. El sudor empapaba su camisa y la voz se ahogó en su pecho. Ya en el suelo, intentó arrastrarse hacia la puerta del baño. El suelo daba vueltas. El techo se le caía encima… Y una tenue luz se vislumbraba al fondo del pasillo. ¿Qué pasillo?

Al día siguiente, Rafael dio un sonoro grito. Al encontrar el cuerpo sin vida de Juana en el baño. Su rostro dibujaba las facciones del horror. Se suspendieron las clases. Se cerró la facultad.

La pequeña Rotermeyer paseaba nerviosa por la biblioteca. Mientras la policía judicial hacía sus rutinarias pesquisas. Nunca había ocurrido algo semejante en la facultad. Y además, a Juana, la mujer más pacífica del mundo.

La policía y los forenses comprobaron que la mujer no había sufrido violencia exterior alguna. Tan sólo había sufrido un colapso por histerismo agudo.

La facultad estaba casi desierta. Sólo administrativos y el equipo decanal. El cadáver de Juana estaba siendo trasladado a una ambulancia. Y fue en ese momento cuando un individuo grueso, de unos 30 años, con barba, intentó entrar en la facultad. –Perdone. Está cerrada. -¿Cómo? –Pues lo que le digo, hoy no hay clase. -Pero si yo voy a la biblioteca… -¡Que no se entra!. El policía ya perdió la paciencia.

El individuo se mostró muy contrariado. –No hay derecho. Ya ni se puede leer. Qué barbaridad… Y se alejaba, mirando hacia atrás a cada instante. Del cadáver de Juana, ni se dio cuenta.

El gordo bajaba la cuesta. Su lengua embadurnaba sus cariados dientes, hasta que tropezó con un obstáculo. Escupió. Era un pequeño trozo de papel, que, desenrrollado, podría mostrar aún a un ojo avisado la palabra consolatione.

¡Ay, pobre Juana! Eres mi última víctima. La verdad es que te arriesgaste demasiado. ¿Quién te mandó perseguir al gordito? Él tan sólo trataba de asimilar sus lecturas, de hacer una digestión verbal. No es lógico abandonar los libros una vez leídos. Los libros ya eran suyos. No podía devolverlos. Nadie tenía derecho a reclamárselos. Y robarlos hubiera sido exponerse a situaciones desagradables. Sólo quedaba una solución. Masticarlos lentamente, sin prisas. Y digerirlos. Incorporarlos al propio organismo. Sólo así me aprisionan de verdad. No superficialmente, no de una manera vacía.

Al día siguiente se reanudó la vida académica. El fiel lector se dirigió a un funcionario con cara de circunstancias. Perdone, ¿podría proporcionarme El otoño de la Edad Media, de Huizinga? .-Antonio Barnés