lunes, 15 de diciembre de 2008

80 años de Audrey

El 4 de mayo de 1929 nacieron grandes mujeres. Una de ellas, Audrey Hepburn. El 2009 será pues, el año de su 80 aniversario. La hija del chofer que encandila a los señoritos (Sabrina); la floristera que logra convertirse en un icono de elegancia (My fair lady); la modesta empleada de una librería, después modelo en París (Funny face), empezó siendo una princesa con ganas de diversión (Roman Holiday). Parece que Audrey no podía mantener su status social de principio a fin en una misma película. Y sin embargo, pocas actrices han actuado con más naturalidad que ella.- Marcos del Águila.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Ivana viendo llover


Cayeron las primeras gotas de lluvia

un día de domingo

y tú despertaste al mundo,

pero el mundo estaba en otro sitio.

Hacía calor, y alguien,

si no recuerdas mal,

gritó tu nombre,

pero el mundo estaba en otro sitio.

La vida, sonreíste, nos espera

siempre en otros dedos,

nos espera en otra luz.

Era un día de verano

y regalaste una sonrisa

a las gotas de lluvia

que acariciaban tu rostro.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Vuestra bondadosa visión banal


I

Vuestra bondadosa visión banal,

savia de billones de personas vacuas;

buenos visionarios, cáliz incognoscible

para los sátiros y protervos.

Benévola, valiente, visceral Pangea de pasiones.

Sinónimo de belleza astral.

Eres símbolo de inocencia y lúgubre en tu forma.

Línea entre lo inusitado y lo quimérico.

Sensatez de lo ignoto y necedad de lo acreditado.

Noche de mi credo y luz de mi armonía

¿Así eres tú, vida mía?

Paco Medina

viernes, 7 de noviembre de 2008

Digestión


Una vez más, me han apresado. Siempre tienen la manía de asirme, de forzarme, de encorsetarme, de obligarme a plasmarme en palabras que no he pronunciado. Me paseo, sobre todo, por lugares solitarios. Como está tarde, que he estado volando por un edificio neorrománico. Me gustan las azoteas, desde donde observar el gran teatro del mundo. He paseado por pasillos vacíos, interminables, que volvían siempre al mismo sitio, o a otro. Puertas cerradas. Taquillas de las que bien podrían salir cadáveres amojamados. Libros polvorientos. Pasillos brillantes como de hospital. Faltaban las enfermeras y las camas con suero con goteo. Suero que caía lentamente inoculando fantasmas.

También me gustan las calles en el crepúsculo, llenas de gente que no me ven, y si me ven, no me conocen, y si me conocen sólo es para no chocarse. Gentes de todas las etnias y culturas. Turistas con síndrome de Stendhal. Cantautores sordos. Estatuas de sal.

A veces sobrevuelo prados verdes, sólo interrumpidos por tranquilos rumiantes. Vacas sin pastor, ni falta que les hace. Porque la hierba es eterna e interminable.

Claustros avejentados. Plazas sobre antiguos circos. Anfiteatros.

El silencio de la noche.

Pero siempre hay alguien que, falto de imaginación, me ase y me aprisiona sobre el papel. Si todavía fuera un manco cansado, o un desterrado enamorado, u otro desterrado desesperado, o un trashumante de Castilla, o un comediante muerto de hambre.

Pero no. Es un pragmático que emborrona papel sin mancharse. Si todavía usara pluma, podría necesitar lavar sus manos. O interrumpirme, por falta de tinta.

Ahora mi prisión es doble, pues es virtual. Nada se mancha: sólo un remedo de papel tras un falso cristal. Un espejo plano –no es convexo, ni del Callejón del Gato.

¿Cómo lograr escapar de esta Babel ininteligible? Llevo siglos sobrevolando las conciencias. Pero qué se le va a hacer.

Al menos puedo vengarme y no destapar el fragor de mis esencias. Sólo me descubro ante quien convive conmigo. Con quien sabe ganar mi amistad. Con quien está a las duras y a las maduras, con quien no me aparca, con quien no me violenta en su móvil o su portátil.

Puedo vengarme desapareciendo de los escaparates, de los quioscos, de las ondas radiofónicas y televisivas, de la red de redes.

Allí no me encontrarán. Allí no descubrirán mi alma. A la minoría siempre. Sí me entenderán, pero no me comprenderán. No podrán asirme. Hace falta mucho trato, mucha delicadeza para poder atisbar el poder que detento.

He puesto y quitado reyes. He hecho bailar a mi son. He hecho reir y llorar. Con demasiada frecuencia me han enlatado y me han utilizado como chivo expiatorio. Después todos se vuelven contra mí a pesar de que nada hice libremente.

Que me dejen en paz, es lo que quiero. Que me dejen en silencio. Que pueda decir una e infinitas palabras y ninguna. Pocos son los textos en los que me reconozco. En ellos la lengua ha fluido sin barreras, sin politicastros de medio pelo que abrevan en mis fuentes. La fuente que hago manar es eterna y no admite lagos artificiales –y mucho menos piscinas prefrabricadas.

Lo peor es cuando me lee en voz alta un perfecto desconocido a quien no he sido presentado, que no respeta ni las pausas.

Pero en fin, basta ya de quejarme…

La paciente bibliotecaria seguía con diligencia su labor cotidiana. Bien podría ser una charcutera pueblerina, pero las chuletas que manejaba eran libros. Al fin y al cabo, unos y otros, retazos de carne. La jefa, una menudilla Rottermeyer, le había llamado a su despacho. -Juana, el último informe habla de treinta libros extraviados. ¿Sabes lo que es eso? –Lo sé, yo misma lo he escrito. -¿Es que os dormís? –Pilar, como no se escapen por las ventanas… El detector funciona bien. –Pues eso. Os quiero en las ventanas.

Juana volvía a transportar su carrito, a abrir el depósito, a descorrer con la manivela los armarios móviles. Intentó estrujarse la mente. ¿Qué había pasado? El mismo grupo de alumnos ante las fotocopiadoras carpetovetónicas. Los mismos estudiantes pidiendo los libros de siempre. Los mismos profesores –pocos- que tenían la extraña costumbre de investigar.

Sólo había un elemento nuevo, recordaba. Sí. Aquel antiguo alumno un tanto gordo, que a veces tenía barba y a veces no. Es verdad. Hacía muchos años que no lo había visto y desde hace un mes -¿o mes y medio?- había vuelto a aparecer. No se llevaba libros. Quizás no tuviera carnet. Pero sí pedía. Lo sabía porque reclamaba libros del depósito. –Muchas gracias, muchas gracias. Siempre repetía, con timidez. Se amurallaba en la última zona de la biblioteca. Y pasaba mañanas y tardes enfrascado.

Juana decidió apuntar los libros que le daba. Y observar, pasados unos días, si volvían al redil. No era tarea fácil, pues los libros se amontonaban para recolocarse. Sí. Hoy también ha venido. Y me pide un libro de Boecio (¿o Beocio?). Bueno, un libro raro. Sí. Veremos qué pasa.

A las dos semanas pudo comprobar que Boecio …¡no estaba! Y tampoco en préstamo! Decidió intervenir. –Perdone… Susurró en voz baja.

-¿Qué pasa?, respingó el ya no tan muchacho. –Verá. Hace unas semanas me pidió un libro de Boecio. -¿Beocio? –No, Boecio. –No… no… no lo recuerdo. Son tantos lo que leo… -Pues yo sí… ¿No lo tendrá en su casa? –Es que… no tengo carnet. –Ya, pero, ¿no lo tiene? –Dejo los libros en el carrito. –Bueno, en fin, pues perdone. –Nada, nada.

Tras Boecio, desapareció un manual de arte neoclásico, un libro de Panofsky, otro de Gombrich, poesías de Aleixandre, una novela de Musil, ensayos de Canetti…

Juana decidió observar. El chico mostraba cada vez un aspecto más descuidado. La camisa por fuera, bambas achancletadas, las patillas crecidas, el pelo embarrullado. Andaba como tambaleándose, y la tripa se contoneaba como si fuera un sátiro. Además, últimamente entraba y salía con más frecuencia. ¿A dónde iría? Algunas veces lo siguió, disimulando con el carrito. Iba al cuarto de baño.

¡Amigo mío! No, no era tan fácil la solución. El baño carecía de ventanas. ¿Y si deja los libros en la cisterna? Aquel día Juana esperaba con ansiedad las ocho de la tarde. Y no era precisamente para marcharse rauda a casa, sino para rastrear el baño. Las puertas cerradas, entró en el baño con aire triunfal. Se encaramó a los retretes y, ¡oh decepción!, las cisternas estaban vacías, es decir, llenas de agua, y sólo agua.

Los días siguientes intensificó su espionaje. Tanto, que a veces se tropezó con el sospechoso. Oía tirar de la cisterna repetidas veces.

Seguía su investigación. Hasta que un día… Sí. Ese día se arrepintió de haber ido demasiado lejos. Incluso de llevar treinta años en la biblioteca. Ese día se le heló el aliento, y se le encanecieron los cabellos. Un sudor frío recorrió todo su cuerpo. Y el corazón alternó frecuentísimos latidos con pausas que le ahogaban. Se apoyó en los azulejos, que dejaron escurrir sus ajadas manos. Intentó asirse a las minúsculas hendiduras de la pared, pero sólo consiguió hacer sangrar las yemas de los dedos. El sudor empapaba su camisa y la voz se ahogó en su pecho. Ya en el suelo, intentó arrastrarse hacia la puerta del baño. El suelo daba vueltas. El techo se le caía encima… Y una tenue luz se vislumbraba al fondo del pasillo. ¿Qué pasillo?

Al día siguiente, Rafael dio un sonoro grito. Al encontrar el cuerpo sin vida de Juana en el baño. Su rostro dibujaba las facciones del horror. Se suspendieron las clases. Se cerró la facultad.

La pequeña Rotermeyer paseaba nerviosa por la biblioteca. Mientras la policía judicial hacía sus rutinarias pesquisas. Nunca había ocurrido algo semejante en la facultad. Y además, a Juana, la mujer más pacífica del mundo.

La policía y los forenses comprobaron que la mujer no había sufrido violencia exterior alguna. Tan sólo había sufrido un colapso por histerismo agudo.

La facultad estaba casi desierta. Sólo administrativos y el equipo decanal. El cadáver de Juana estaba siendo trasladado a una ambulancia. Y fue en ese momento cuando un individuo grueso, de unos 30 años, con barba, intentó entrar en la facultad. –Perdone. Está cerrada. -¿Cómo? –Pues lo que le digo, hoy no hay clase. -Pero si yo voy a la biblioteca… -¡Que no se entra!. El policía ya perdió la paciencia.

El individuo se mostró muy contrariado. –No hay derecho. Ya ni se puede leer. Qué barbaridad… Y se alejaba, mirando hacia atrás a cada instante. Del cadáver de Juana, ni se dio cuenta.

El gordo bajaba la cuesta. Su lengua embadurnaba sus cariados dientes, hasta que tropezó con un obstáculo. Escupió. Era un pequeño trozo de papel, que, desenrrollado, podría mostrar aún a un ojo avisado la palabra consolatione.

¡Ay, pobre Juana! Eres mi última víctima. La verdad es que te arriesgaste demasiado. ¿Quién te mandó perseguir al gordito? Él tan sólo trataba de asimilar sus lecturas, de hacer una digestión verbal. No es lógico abandonar los libros una vez leídos. Los libros ya eran suyos. No podía devolverlos. Nadie tenía derecho a reclamárselos. Y robarlos hubiera sido exponerse a situaciones desagradables. Sólo quedaba una solución. Masticarlos lentamente, sin prisas. Y digerirlos. Incorporarlos al propio organismo. Sólo así me aprisionan de verdad. No superficialmente, no de una manera vacía.

Al día siguiente se reanudó la vida académica. El fiel lector se dirigió a un funcionario con cara de circunstancias. Perdone, ¿podría proporcionarme El otoño de la Edad Media, de Huizinga? .-Antonio Barnés